Destellos de Navidad ( #cuentosdeNavidad)

Hoy para Fin de Año os dejo un relato que he escrito para un concurso. ¡¡Espero que os guste!! 😉

 

Destellos de Navidad

Avanzo arrastrando los pies hasta la ventana. Es diciembre y casi es Navidad. Afuera está nublado. No sé si se debe al humo de las hogueras, a la contaminación o es una simple niebla invernal. Desde que estoy en la Residencia he dejado de preocuparme por esas cosas.

Olvidé las pantuflas junto a la MEm. Me acerco a la máquina e intento agacharme para recoger los sensores. Hoy puede ser un buen día para recordar. Después de todo, casi es Navidad. Me duele la espalda. Tengo que ponerme las zapatillas antes de enchufarme, porque luego se quedan los pies fríos y duelen aún más. Nadie me advirtió que envejecer dolía. Duelen las rodillas y los riñones, pero sobre todo, los putos pies.

Por fin, consigo calzarme y me dejo caer en la butaca. Bebo un sorbo de agua y me coloco los sensores. Programo la máquina para una hora. O mejor, que sea hora y media. Después de todo, puedo pagarlo. Para eso he llegado hasta la Residencia.

Me enchufo. Se despliega ante mí el menú y voy eligiendo opciones casi sin fijarme. Hasta el final. Porque al final elijo la Navidad. Mierda. Es diciembre y hay niebla. “NAVIDAD”, deletreo con la mente.

“¿En orden cronológico?”

“No”. Eso dolería aún más que los pies.

Y ya está. Ya no hay MEm, ni vaso de agua, ni mis manos temblorosas surcadas de venas. Ahora mis manos son gordezuelas y colocan una bola grande, brillante y granate en el árbol de plástico. Me cuesta hacerlo. Soy muy pequeño.

Y de pronto veo esa misma bola hecha pedazos sobre el suelo. Y miro mis pies descalzos de niño y ahora han venido los Reyes. Una sola caja con un coche de policía dibujado en la tapa. El coche de policía de hojalata hace un ruido de mil demonios y la sirena ulula.

Las luces de la ambulancia, intermitentes, como un faro, iluminan el salón y bailan a contrapié con las lucecitas del árbol de Navidad. Sonia llora en la butaca. Llora y me mira con odio.

“¿Desea la experiencia completa?”. El algoritmo ha debido registrar que se disparaban mis emociones.

No, por Dios. “¡No!”

Me alejo de ese recuerdo. Y el atronador coche de policía de hojalata vuelve a recorrer el salón de mi infancia. Y ya no es un coche, sino un robot aspiradora que Sonia contempla perpleja y asombra a Sandra. Dios, qué bonito era el pelo de mi niña. El sol de invierno le arranca decenas de reflejos y tonalidades rubias. Las mechas artificiales de Sonia nunca pudieron superar la belleza del cabello de su hija.

“¿Desea la experiencia completa?”

“No”.

El cabello rubio de mi madre ondea alrededor de la mesa. Trae cordero asado. ¡Carne! Entonces había carne para todos. Reparte algo al tío Luis y la tía Rosa, y luego a los primos. Ángel debía tener cinco años. Así que yo también. Me miro los pies. Llevo unas botas marrones casi ortopédicas. No me llegan los pies al suelo. Mamá ríe a carcajadas con los chistes de su hermano. La abuela es una sombra en un rincón. Nunca pudieron extraerla completa de mis recuerdos.

Brindamos por el nuevo año. Por primera vez me dejan probar el cava. Pica en la boca. Allá está el tío Luis, pero falta la tía Rosa. Y mamá llora y ríe a la vez cuando brindamos todos.

“Para”.

La imagen se congela y sé que es la última Navidad con la familia. Mamá llora y ríe a la vez, el tío Luis está muy colorado. Mi pelo es azul y no quiero estar allí. Mi prima también tiene cara de querer irse ya. Mi primo Ángel se ha puesto pajarita. Las copas de cava reposan sobre el mantel. Las luces del árbol las iluminan y crean un arco iris que se despliega sobre la mesa.

“Continuar”

Unas copas de cava reposan sobre la mesa y el lánguido sol de invierno les arranca destellos dorados. Brindo con Sonia y en sus ojos oscuros encuentro los reflejos de las copas.

Los ojos negros de Sandra me miran divertidos por encima de una taza de chocolate. Se come un trozo de roscón con ansia.

La primera Navidad en las pistas de esquí. Sandra se sube torpemente a los esquís y luego la veo descender junto a otros seis o siete críos siguiendo a un monitor. Como patitos de colores detrás de su madre. Y después, veo a Sandra con su cuerpo espigado de adolescente deslizándose como una profesional por una ladera. Sus esquís dejan un rastro claro en la nieve virgen.

“¿Desea la experiencia completa?”.

Oh, sí, qué demonios. Después de todo, casi es Navidad.

Hace frío y los tres andamos sobre una nieve blanca que cruje y refleja la luna. Las luces de colores de un árbol iluminan nuestro camino. Fue nuestra última Navidad juntos.

“Tensión demasiado alta. ¿Continuar experiencia completa?”

“Continuar”

Sonia grita. Y Sandra está ahí, tirada en el suelo del baño. Desmadejada y blanca como la nieve. Y la quiero coger en brazos.

Aúpo a mi niña para que coloque la estrella en lo más alto del árbol y su manita la cuelga y se queda allí, torcida, brillando. Y aplaude, pero ya no la oigo. Es mi mano gordezuela la que coloca una bola granate y se cae al suelo y se hace pedazos. Y la imagen se fragmenta y Sandra bebe chocolate y Sonia brinda y las luces del árbol son de colores y la sirena azul ilumina el salón… Y creo que la máquina dice algo, pero ya no la oigo bien. Y se despliegan ante mí destellos que se quedan flotando tan solo unos instantes: mamá ríe y llora a la vez y la tía Rosa brinda y la abuela me da un polvorón y sonríe con la mirada…

Y mi mente se diluye como las luces de las farolas entre la niebla.

Debe ser Navidad.

niebla

 

 

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